
El sabio desdibujado de Gran Canaria: la memoria acallada de Agustín Millares Torres en su bicentenario
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
El viento atlántico bate con furia las fachadas de Las Palmas, arrastrando el salitre hacia el corazón antiguo de Vegueta. Es el año 2026 y se cumplen dos siglos del nacimiento de Agustín Millares Torres (1826-1896), una de las mentes más preclaras y multidisciplinares de la España decimonónica. Sin embargo, el silencio que rodea hoy su figura resulta sobrecogedor.
Es el nivel que hay. El bicentenario marca el paso del tiempo, pero el olvido mantiene su cerco. Tal como sentencia la investigación en sus líneas finales: "Recordar a Millares Torres en su bicentenario no es un mero ejercicio de erudición, sino un deber ético con quien rescató del anonimato el pasado de todo un archipiélago", indica José Miguel Rodríguez en Cliocanarias.
Nacido en 1826 en una familia acomodada, Millares Torres encarnó el espíritu del erudito total. Tras estudiar en el seminario y obtener la titulación de notario en 1846, viajó a Madrid para formarse en el Conservatorio Superior de Música. Músico, compositor de zarzuelas y marchas, director de la Capilla de Música de la Catedral, periodista al frente de El Ómnibus y novelista prolífico, dedicó sus mayores esfuerzos a dar a Canarias un relato histórico fundamentado.
El eco sepultado de una obra monumental
La gran paradoja de Agustín Millares Torres reside en la magnitud de su olvido. A diferencia de otros polígrafos decimonónicos que permanecen como estandartes institucionales, la memoria de Millares ha quedado desdibujada, recluida en citas a pie de página o en anaqueles reservados a especialistas. Como subraya el historiador Manuel Hernández González: "En Agustín Millares Torres converge el perfil del sabio que todo lo abarcó y al que, paradójicamente, el presente parece haber dado la espalda de forma casi sistemática".
Entre 1881 y 1895, concibió y publicó la Historia General de las Islas Canarias en diez tomos, una gesta monumental que pretendía condensar el devenir del Archipiélago desde la era prehispánica hasta sus días. No se limitó a acumular fechas o guerras. Fiel al rigor positivista y a una visión liberal, integró en sus textos elementos de etnografía, economía, cultura y administración, creando un retablo integral de la sociedad insular.
A esta labor de titán se sumaron obras tan incisivas como la Historia de la Inquisición en Canarias (1874) o las Biografías de canarios célebres (1872-1878). Estas publicaciones le valieron feroces enfrentamientos con las jerarquías conservadoras y eclesiásticas de la época, en particular con el obispo Urquinaona. El compromiso con el rigor documental terminó alejándolo del dogma, pero la posteridad le devolvió una moneda de indiferencia.
El estudio de Manuel Hernández González concluye taxativamente al respecto cuando afirma que "su decidida defensa del método analítico y documental lo distanció de la ortodoxia de su tiempo, pero el mayor castigo no fue la controversia coetánea, sino la posterior condena a la indiferencia historiográfica".
Luces y sombras en la penumbra del tiempo
Al investigar las causas de esta desmemoria, la historiografía contemporánea apunta hacia diversas direcciones. En las consultas historiográficas del bicentenario, la frialdad con la que la sociedad actual absorbe su legado es patente. De una veintena de especialistas consultados para evaluar su vigencia, solo una minoría respondió al llamamiento, una muestra sintomática del desinterés generalizado que planea sobre su obra.
Hernández González señala enfáticamente esta tibieza. "La escasa respuesta por parte de la comunidad académica actual ante la conmemoración de su bicentenario no hace sino confirmar que la losa del olvido institucional sobre Millares Torres sigue siendo aplastante".
El método de Millares, autodidacta y construido con la minuciosidad del archivo notarial, lo convirtió en un pionero de la investigación basada en fuentes primarias. Su inmenso legado documental, donado a El Museo Canario, sigue siendo el cimiento sobre el que descansa gran parte del conocimiento histórico de la región. Investigadores actuales reconocen que su marco interpretativo fijó las líneas maestras sobre las que todavía se debate la conquista, el periodo prehispánico o la institución de la Inquisición.
No obstante, su perspectiva no estuvo libre de las contradicciones propias del siglo XIX. Su idealización del pasado aborigen, marcada por el tinte romántico de sus novelas y por la búsqueda de una identidad insular integrada en el Estado liberal español, generó lecturas complejas que con frecuencia lo apartaron de las corrientes políticas posteriores.
La herencia desvanecida
Caminar hoy por los archivos donde reposan sus manuscritos permite sentir el abismo entre el esfuerzo de una vida y el reconocimiento presente. Sus diez volúmenes de la Historia General aguardan en el polvo de las estanterías, leídos únicamente cuando un investigador precisa verificar un dato arcaico.
La figura de Agustín Millares Torres, nominado en 1882 como miembro correspondiente de la Real Academia de la Historia, se desvanece en el siglo XXI como una sombra difusa. Aquel hombre polifacético, capaz de dirigir una banda militar por la mañana, componer una pieza sacra por la tarde y desentrañar un legajo del siglo XVI por la noche, vaga por la historia con el peso injusto del descuido colectivo.


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