
Lisboa 1994, Marsella 2013, Salónica 1997: El problema que te viene si Las Palmas es eurocapital de la cultura en 2031
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
La carrera por la Capitalidad Europea de la Cultura en 2031 ha comenzado a agitar los despachos de la ciudad de Las Palmas con una narrativa de prestigio que, a pie de calle, despierta más escepticismo que euforia. De hecho, ni se entiende porque parece como que surge de una especie de retórica hecha con control remoto desde algún andamio fuera de las Islas que olvida que los promotores culturales privados están en huelga de ideas porque cobran tarde y mal después de los líos de opacidad de las empresas municipales que se dedican a esta materia.
Detrás de los renders de nuevas infraestructuras y la retórica de integración continental, late el temor a un modelo de gestión que prioriza el impacto mediático sobre el tejido social. Para una urbe que ya lidia con una presión turística asfixiante, el sello de la Unión Europea amenaza con ser el catalizador definitivo de una crisis de habitabilidad.
El diseño de candidaturas con un marcado tinte elitista suele ignorar la fragilidad de los ecosistemas locales. La inyección de fondos públicos tiende a concentrarse en grandes contenedores culturales que generan costes de mantenimiento inasumibles a largo plazo. En Las Palmas, este fenómeno podría derivar en un "invierno presupuestario" tras el año de celebraciones, donde la cultura de barrio sea sacrificada para costear el aire acondicionado y la seguridad de edificios infrautilizados. El precedente de Salónica 1997 sigue siendo una advertencia sombría: la ciudad griega se embarcó en proyectos de infraestructura tan sobredimensionados que muchos quedaron inconclusos o cayeron en el abandono inmediato, dejando una deuda que lastró la agenda municipal durante una década.
La gentrificación es el daño colateral más predecible y voraz de este título. El nombramiento funciona como un imán para inversores inmobiliarios que buscan capitalizar la renovada marca de la ciudad, acelerando el desplazamiento de la población residente. Lo ocurrido en Lisboa 1994 y, más recientemente, en Marsella 2013, ilustra este proceso de "limpieza social". En la ciudad francesa, la regeneración del Vieux-Port y la construcción del MuCEM atrajeron inversión masiva, pero a costa de expulsar a las comunidades populares de los barrios céntricos, transformando el tejido vecinal en un parque temático para el turismo cultural mientras la tasa de pobreza en las zonas colindantes apenas variaba.
Existe, además, una desconexión técnica entre las ambiciones del jurado de Bruselas y la realidad administrativa local. La historia de las capitales culturales está plagada de ejemplos donde la burocracia devora la creatividad. En Génova 2004, la falta de un plan de legado sólido convirtió el evento en una sucesión de actos efímeros que no lograron arraigar en la identidad ciudadana. En el caso canario, la gestión de los fondos corre el peligro de quedar atrapada en una red de consultorías externas, alejando la toma de decisiones de los creadores locales. Sin un anclaje real, el 2031 corre el riesgo de repetir el error de Paphos 2017, donde la inversión se volcó en una renovación estética superficial que no logró revitalizar una escena cultural local pequeña y dependiente del subsidio.
El reto para Las Palmas no es solo ganar un certamen, sino evitar el "síndrome de la resaca" que sufrieron ciudades como Mons 2015. La localidad belga vio cómo el cierre del año triunfal coincidía con el cese abrupto de la financiación, provocando el colapso de las pequeñas asociaciones culturales que habían sido utilizadas para dar una pátina de "participación" a la candidatura. Si el proyecto canario se impone desde una élite desconectada de la realidad social de barrios como San Roque o La Isleta, el 2031 dejará tras de sí una ciudad más cara, más desigual y con el mismo vacío cultural que prometió llenar.


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