
La paranoia de Franco de creer que Churchill quería sembrar el pánico en el norte de Gran Canaria
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
La especie humana tiende a replicar el comportamiento ciego de ciertos artrópodos excavadores. La acumulación de hormigón crudo y piedras volcánicas en el litoral de Gran Canaria entre 1939 y 1945 no respondió a una épica de la soberanía nacional, sino a una reacción puramente termodinámica ante el miedo geopolítico.
El archipiélago atlántico, desprovisto de recursos industriales y abandonado a su suerte orográfica, se transformó en una aburrida cuadrícula de cálculo militar donde la supervivencia del régimen de Franco se medía en la resistencia de unos nidos de ametralladora ciegos frente a la inmensidad del océano.
El mito administrativo de la paz interior
El debate sobre la neutralidad española durante la Segunda Guerra Mundial se ha mantenido durante más de sesenta años en los manuales escolares como una genialidad diplomática. Las tesis oficiales construyeron el relato de una hábil política exterior destinada a mantener al país fuera de la carnicería europea. Sin embargo, el profesor Juan José Díaz Benítez, profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, desmonta este artefacto ideológico a través de documentación archivística inédita. Según las investigaciones del profesor Díaz Benítez, el régimen franquista mantuvo una inequívoca voluntad de participación al lado del Eje germano-italiano. El ímpetu belicista de Madrid quedó contenido únicamente por la miseria estructural del país, el estrangulamiento económico ejercido por los Aliados y las reticencias de un Adolf Hitler que no estaba dispuesto a pagar el alto precio exigido por Franco en Hendaya.
La planificación militar interna desvela las verdaderas intenciones de la dictadura. Los proyectos de rearme adquirieron dimensiones hipertróficas en los planos oficiales, contrastando de manera grotesca con la realidad material de los cuarteles. Se diseñaron ofensivas contra el Marruecos francés y planes detallados para la captura de Gibraltar. El Alto Mando español sabía que estas acciones desencadenarían una respuesta inmediata de la Royal Navy. El peligro real de represalia no residía en los Pirineos, sino en las islas. El profesor Díaz Benítez constata cómo Canarias y Baleares se convirtieron en los puntos más vulnerables del despliegue defensivo, expuestas a un desembarco anfibio masivo que desgajara los archipiélagos de la soberanía metropolitana.
La alternativa portuaria al peñón sitiado
Londres observaba el flirteo de Madrid con Berlín con una mezcla de desprecio y urgencia operativa. En junio de 1940, la capitulación de Francia dejó a Gran Bretaña en un aislamiento absoluto. Si la artillería española o alemana bloqueaba el estrecho de Gibraltar, el Imperio británico perdería el control del Mediterráneo Occidental. El Chiefs of Staff Committee ordenó la búsqueda inmediata de una base naval alternativa en el Atlántico medio. Las islas Azores ofrecían una posición óptima y una guarnición portuguesa incapaz de resistir, pero carecían de la infraestructura portuaria necesaria para albergar una flota de combate de grandes buques de superficie.
Los planificadores del Joint Planning Staff fijaron sus ojos en Gran Canaria. El Puerto de la Luz, paradójicamente desarrollado gracias a las inversiones y empresas británicas durante el siglo XIX, reunía las condiciones ideales. Bajo los nombres en clave de Chutney, Puma, Pilgrim y finalmente Tonic, el War Office británico diseñó la invasión de la isla. El plan definitivo contemplaba la movilización de 25.000 soldados en el verano de 1941. Los comandos de la Special Service Brigade asaltarían los muelles capitalinos por sorpresa, apoyados por desembarcos principales en las playas de Gando y Arinaga. Los estrategas ingleses incluyeron en los mapas operativos el litoral noroccidental del mapa insular. Las playas de San Felipe, El Pagador y el Puerto de Sardina aparecieron en los documentos confidenciales como puntos propicios para lanzar desembarcos de diversión destinados a fragmentar las fuerzas de los defensores españoles.
La geografía del aislamiento y la escasez crónica
El noroeste de Gran Canaria constituía un territorio ajeno a la prisa industrial y militar de la capital. La comarca comprendía los términos municipales de Agaete, Gáldar, Santa María de Guía, Moya, Firgas y Arucas. Era un paisaje fragmentado por barrancos profundos que morían en playas de callaos y acantilados basálticos. Las comunicaciones con Las Palmas de Gran Canaria dependían de una carretera estrecha y tortuosa que bordeaba el abismo septentrional. El mando militar español definió esta región como el 4.º Sector Defensivo de la Isla. La escasez crónica de material obligó a concentrar el armamento moderno en la capital y el aeródromo de Gando, dejando el norte expuesto a una precariedad absoluta.
Los informes de la Jefatura Regional de Artillería redactados en 1943, analizados en detalle por el profesor Juan José Díaz Benítez, reflejan la angustia de los oficiales al mando. El litoral septentrional carecía por completo de defensa antiaérea y de artillería de campaña móvil. El general Serrador Santés ordenó la división del sector en posiciones escalonadas. La primera línea debía batir las playas transitables con fuegos cruzados de ametralladoras. La segunda línea se dispuso sobre las cumbres de Guía y Arucas para dominar la carretera del Norte con piezas ligeras. Los zapadores diseñaron planes de sabotaje sistemático. El profesor Díaz Benítez saca a la luz que, en caso de invasión, se detonarían los puentes que salvaban los barrancos y se volarían los pequeños espigones de Sardina y Las Nieves, sepultando las vías bajo toneladas de escombros volcánicos para frenar el avance de las columnas británicas hacia la capital.
Chatarra histórica en los acantilados de basalto
La capacidad de fuego del 4.º Sector era un mero ejercicio de arqueología militar. Las defensas dependían de piezas obsoletas recuperadas de conflictos pasados. En la Punta del Camello se emplazó una batería de costa integrada por dos cañones Ordóñez de 240 milímetros, cuyo alcance máximo apenas superaba los once kilómetros. Si la flota británica decidía bombardear la costa colocándose a doce kilómetros de distancia, los artilleros españoles solo habrían podido observar las explosiones sin posibilidad de respuesta. El Ejército solicitó con desesperación cañones modernos Bofors de 305 milímetros al Tercer Reich, pero el gobierno alemán ignoró las peticiones españolas, reservando su producción industrial para sus propios frentes saturados.
Las playas se guarnecieron con ocho cañones fijos de posición destinados a reventar las lanchas de desembarco en la rompiente. A finales de 1941, solo se habían recibido de forma efectiva cinco piezas. El arsenal analizado por Díaz Benítez era una muestra de la indigencia logística del Estado. En La Aldea se colocaron dos cañones de montaña Schneider de 70 milímetros. En Gáldar se instalaron tres cañones Skoda de 76,2 milímetros que el ejército franquista había capturado a las fuerzas republicanas durante la Guerra Civil, piezas que a su vez procedían de los excedentes de la Unión Soviética. Los depósitos de municiones se dispersaron por el interior de Firgas y los túneles naturales de Los Berrazales, mientras la infantería utilizaba mulas y requería camiones civiles de transporte para mover los suministros debido a la inexistencia de vehículos motorizados militares en el sector.
La arquitectura gris del hormigón y el callao
El único testigo físico duradero de este despliegue son los búnkeres que aún sobreviven en la línea de marea. Entre 1940 y 1943, los soldados y los trabajadores locales construyeron 118 nidos de ametralladoras en todo el perímetro insular. El profesor Juan José Díaz Benítez detalla en su estudio que dieciséis de ellos se asignaron específicamente al sector noroccidental. El gobernador militar ordenó que estas estructuras se levantaran con muros capaces de resistir impactos directos de proyectiles navales y bombas de aviación de hasta doscientos kilogramos. La falta de cemento industrial obligó a los ingenieros a improvisar técnicas de camuflaje basadas en el entorno inmediato.
Los búnkeres de Quintanilla, El Altillo, Costa Lairaga y San Felipe presentan una morfología cúbica homogénea de cinco metros de longitud. El profesor Díaz Benítez constata cómo el hormigón se mezcló directamente con los callaos y las piedras basálticas recogidas de las playas adyacentes. El resultado fue una masa grisácea, rugosa y deforme que carece de esquinas rectas y se mimetiza con el roquedal costero. Muchos de estos fortines parecen hoy amontonamientos naturales de piedra volcánica batidos por el Atlántico. Permanecen como monumentos mudos de una guerra que nunca llegó a las Islas, pero que dejó su impronta de cemento y miedo en los confines del noroeste grancanario.


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