¿Santuario o simple almacén? El fraude místico del Risco Chapín en Gran Canaria

Miramos las paredes verticales del Risco Chapín, en el centro de una Gran Canaria que hoy solo importa a los turoperadores y a los excursionistas de fin de semana, e insistimos en ver un santuario donde probablemente solo hubo miedo, frío y la urgencia animal de no morir de hambre
OPINIÓN26/06/2026JOSÉ LUIS JIMÉNEZJOSÉ LUIS JIMÉNEZ

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El ser humano occidental, aburrido en su bienestar hiperconectado, padece una necesidad patológica de sacralizar el pasado para soportar la monotonía del presente. Miramos las paredes verticales del Risco Chapín, en el centro de una Gran Canaria que hoy solo importa a los turoperadores y a los excursionistas de fin de semana, e insistimos en ver un santuario donde probablemente solo hubo miedo, frío y la urgencia animal de no morir de hambre.

Las nubes del alisio que desbordan el acantilado no eran una coreografía divina para los antiguos canarios; eran, de forma mucho más prosaica, el anuncio meteorológico de que el pasto no se secaría esa semana. En este paisaje sobrecogedor, la arqueología contemporánea ha construido un parque temático de la espiritualidad aborigen, transformando lo que fue una rudimentaria infraestructura de supervivencia en un Olimpo de bolsillo para el consumo de la nostalgia moderna.

Y es que en los márgenes de la geografía, el relieve suele imponer sus propias ficciones. El Risco Chapín, una imponente pared basáltica de algo más de 3 kilómetros de longitud que confina el norte de la Cuenca de Tejeda, se eleva como un muro aparentemente inexpugnable. Sus cotas, que oscilan entre los 1.485 metros en Artenara y los 1.771 en la Montaña de Los Moriscos, sugieren una frontera natural insalvable. Sin embargo, el análisis desapasionado de su infraestructura revela que este espacio nunca estuvo aislado. Estrechos andenes y antiguos caminos reales conectaban desde tiempos prehispánicos los distintos núcleos de población troglodita excavados en la toba. La catalogación de este accidente geográfico como un "santuario" exclusivo de la espiritualidad aborigen tropieza con una realidad mucho más prosaica: la necesidad de tránsito, almacenamiento y control territorial de una comunidad agrícola obligada a sobrevivir en un entorno de verticalidad extrema.

La trampa del determinismo paisajístico

El observador contemporáneo tiende a proyectar sus propias carencia místicas sobre los accidentes más dramáticos de la naturaleza. Debido a su altitud, el Risco Chapín funciona como un rebosadero natural del viento alisio, provocando que densas masas de nubes cargadas de humedad se desplacen lentamente sobre la roca hacia el interior de la Caldera. Los arqueólogos de corte romántico han querido ver en este fenómeno meteorológico el origen de un culto de carácter mágico-religioso, asumiendo que los antiguos canarios interpretaban la niebla como una manifestación divina de la fertilidad.

Esta interpretación, sin embargo, adolece de un marcado sesgo idealista. Antes de la conquista, la vertiente norte albergaba densos bosques de laurisilva y fayal-brezal, lo que generaba una concentración de humedad puramente biofísica. Para una sociedad pastoril y agrícola, la observación del cielo y de las nubes no respondía a un arrobamiento místico, sino a una contabilidad de supervivencia. El desborde del alisio significaba agua para los pastos y los cereales; la sacralización del entorno es solo el envoltorio cultural con el que el ser humano disfraza la gestión pragmática de sus recursos más escasos.

La invención de la arqueología cumbrera

El registro histórico sobre el Risco Chapín es fragmentario y tardío, un vacío que facilitó la proliferación de conjeturas. Las primeras menciones científicas se deben a Víctor Grau Bassas en 1885, quien documentó de manera somera la presencia de cuevas sepulcrales mimetizadas en los andenes de Juan Fernández. Tras décadas de silencio, la publicación en la prensa local en 1971 de los hallazgos en la Cueva de Los Candiles reactivó el interés por la zona. Posteriormente, el inventario del Museo Canario en 1974 fijó la atención sobre 3 enclaves principales: Los Candiles, Cueva Caballero y El Cagarrutal. La escasez de datos documentales ha sido compensada con la acumulación de tipologías de grabados rupestres, donde la recurrencia de cazoletas, cúpulas y esquematizaciones geométricas ha servido para justificar la etiqueta de "complejo cultural". No obstante, la coexistencia de estos espacios con graneros fortificados, silos de almacenamiento y estructuras de habitación sugiere que la vida cotidiana y el almacenamiento de grano estaban íntimamente ligados a estas cavidades, diluyendo la frontera entre lo sagrado y lo utilitario.

El laberinto higiénico de las Cuevas del Caballero

El conjunto de las Cuevas del Caballero consta de 12 cavidades artificiales alineadas en el borde superior del risco a 1.400 metros de altitud. La tradición oral rebautizó el lugar como "Cuevas de Las Machas", alimentando el mito de que allí residían mujeres dedicadas a la brujería. Los defensores del santuario vinculan esta creencia con las crónicas de Abreu Galindo sobre las magadas o inagadas, una suerte de mujeres religiosas que custodiaban las casas de Dios o tamogantes. El examen minucioso de la Cueva Número 1 desmiente en parte la exclusividad ritual de su diseño. Con casi 100 metros cuadrados de planta irregular, el suelo presenta un complejo sistema de canales y cazoletas labradas en la roca. Aunque la arqueología oficial prefiere catalogarlo como un mecanismo ceremonial vinculado a libaciones de leche o agua, la infraestructura coincide milimétricamente con un sistema hidráulico funcional destinado a captar el agua de un naciente en la pared norte, almacenándola en un gran receptor semicircular. La labra de estos canales responde más a la optimización técnica del agua en un suelo irregular que a una innecesaria complejidad litúrgica.

Funcionalismo bajo el excremento de cabra

La Cueva del Cagarrutal, situada en una cota inferior a 1.300 metros de altitud, ejemplifica la constante reutilización humana del espacio rupestre. Su nombre actual delata su uso moderno como corral de ganado caprino, una función facilitada por un fuerte muro de piedra seca erigido en la entrada tras la conquista. La cámara principal es enteramente artificial, excavada en toba rojiza, y sus dimensiones son tan reducidas que impiden a un adulto permanecer de pie. En sus paredes se concentran grabados triangulares con profundas bisectrices y un canal vertical de 1 metro y 30 centímetros de alto que ha sido interpretado como una representación macroscópica de una vulva. Sin embargo, la presencia de una pequeña cámara cuadrangular provista de 4 orificios de cierre enfrentados en el techo y el suelo encaja perfectamente con la morfología de un silo o almacén de grano seguro. La proximidad de oquedades funcionales para la conservación de alimentos cuestiona la teoría de una cueva destinada exclusivamente al culto, sugiriendo que los grabados geométricos bien pudieron coexistir con actividades de almacenamiento doméstico.

La saturación geométrica de Los Candiles

Ubicada en el extremo noroeste del acantilado, la Cueva de Los Candiles representa el núcleo del debate toponomástico y arqueológico de la zona. Su acceso requiere descender por peldaños tallados en la toba que conducen a un andén sin otra salida. La leyenda popular justifica su nombre por la supuesta aparición de luces nocturnas, si bien la realidad física muestra paredes y techos totalmente ennegrecidos por el hollín de hogueras y antorchas acumuladas durante centurias de uso ganadero.

La cavidad, de planta tendente al rectángulo, alberga en sus paneles laterales y del fondo más de 320 grabados triangulares invertidos con incisiones centrales. La arqueología tradicional ha catalogado de forma unánime este espacio como un almogarén o santuario de la fertilidad femenina debido a la saturación de motivos púbicos. En la pared del fondo, además, se alinean 6 hornacinas excavadas en la roca. Mientras que el relato mítico sitúa en estas oquedades a ídolos o vasijas sagradas, la disposición de las alacenas coincide formalmente con las estructuras de organización de herramientas, lucernarias o recipientes comunes de uso cotidiano en cualquier hábitat troglodita del archipiélago. El Risco Chapín, lejos de ser un Olimpo aislado, se revela como un espacio intensamente explotado donde el ser humano grabó sus códigos simbólicos sobre las mismas paredes donde guardaba su sustento. ¿Cómo podemos diferenciar con rigor científico un espacio de uso puramente ritual de uno doméstico cuando ambos comparten las mismas estructuras rupestres?

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