
La pinza de la 'ecoisla' de Gran Canaria: El motor del crudo sostiene el mix eléctrico y la producción forzosa de agua desalada
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
El calor de la central térmica de Jinámar se dispersa sobre el Atlántico con la regularidad sorda de un electrodoméstico viejo mientras los turistas de turoperador consumen las últimas horas de su paquete todo incluido con una resignación casi zoológica, frotándose cremas protectoras de factor cincuenta sobre pieles ya muertas. Junto a la autovía GC-1, las líneas de alta tensión zumban con el esfuerzo de transportar dos millones de megavatios-hora generados por la combustión de fueloil pesado; el verdadero fluido vital que mantiene encendidas las pantallas de los complejos hoteleros y las bombas de ósmosis inversa en la Isla.
Lagartos mudos
Todo el paisaje es el resultado de una prótesis técnica. El agua de Emalsa que brota de los grifos no procede de ninguna nube ni de ningún milagro geológico, sino de la evaporación forzada del agua de mar, un proceso costoso y desprovisto de poesía que transforma la factura del petróleo en fluido potable. Al final de la tarde, la luz declina sin grandeza, dejando al descubierto la infraestructura desnuda de un territorio que ha sustituido sus mitos fundacionales por una red de cables de cobre, turbinas diésel y la certeza matemática de que, si las importaciones de crudo se detienen durante una semana, la Isla vuelve a su estado natural: un peñasco estéril poblado por lagartos mudos.
Ocurre que la estructura productiva de Gran Canaria opera bajo las directrices de un modelo de aislamiento severo donde la generación de energía y el abastecimiento de agua han dejado de depender de los ciclos de la naturaleza. La Isla funciona como una factoría industrial que transforma combustibles fósiles importados en los dos insumos básicos para sostener su economía. Con un consumo eléctrico neto que alcanzó los 3.358.885 megavatios-hora (MWh) y una necesidad de caudales que supera los 220 millones de metros cúbicos de origen fabril, el territorio afronta el reto de gestionar unos costes operativos indexados de forma mayoritaria al precio internacional del petróleo.
Ese Jinámar
La quema de productos petrolíferos constituye el pilar central y dominante de la estructura eléctrica de Gran Canaria. Las centrales térmicas convencionales de Jinámar y Juan Grande aportaron un volumen de 2.481.161 MWh, lo que equivale a asumir el 73,87% de toda la carga base del sistema insular. Esta dependencia del crudo inyecta una alta rigidez financiera al tejido empresarial local, ya que la ausencia de interconexiones submarinas con el continente obliga a mantener encendidos estos grupos térmicos de respaldo para garantizar la estabilidad de la red y evitar apagones ante cualquier oscilación de la demanda.
La energía eólica lidera el bloque de las tecnologías limpias aprovechando el régimen constante de los vientos alisios en el corredor oriental de la Isla. Esta fuente inyectó 673.428 MWh a las líneas de distribución, consolidando a Gran Canaria como el territorio con mayor producción eólica en términos absolutos de todo el Archipiélago. Pese a esta fortaleza volumétrica, la intermitencia del viento impide que esta tecnología desbanque a las centrales térmicas, operando fundamentalmente como un elemento de alivio de costes combustibles durante las horas de máxima exposición eólica.
Una red aislada
La energía solar fotovoltaica muestra un rendimiento más modesto dentro del balance neto insular al registrar una aportación de 199.510 MWh. A pesar de las óptimas condiciones de radiación que caracterizan a las vertientes sur y sureste de Gran Canaria, la penetración de las placas solares —tanto en cubiertas de zonas industriales como en pequeñas instalaciones de autoconsumo— solo representa el 5,94% del mix de generación. Esta baja cuota de participación acentúa la asimetría del modelo de transición energética, que avanza de forma lenta ante las dificultades técnicas para integrar de forma masiva la generación distribuida en una red aislada.
El aprovechamiento del biogás cierra el balance de generación con una aportación testimonial de 4.786 MWh, reflejo de los límites actuales para la valorización energética de los residuos urbanos y lodos en los complejos medioambientales de la isla. Por su parte, las tecnologías hidráulicas puras registraron un saldo nulo en las estadísticas de producción neta del periodo. El sistema carece de la flexibilidad que aportan las centrales de bombeo a gran escala, un factor que explica por qué el crecimiento de las fuentes no renovables en el Archipiélago (+0,91%) superó al avance de las energías limpias (+0,76%), consolidando la inercia fósil del modelo productivo.
Desplome
La configuración de esta matriz energética impacta de manera directa sobre el ciclo del agua, que ha sufrido una mutación estructural hacia la industrialización total. El agua superficial —históricamente almacenada en la red de presas de la Isla— ha experimentado un colapso del 95,84%, reduciéndose a unos marginales 225.000 metros cúbicos. Este desplome de los recursos naturales ha convertido al sector primario, industrial y turístico en cautivos de las plantas de desalación por ósmosis inversa, cuyo volumen de captación escaló un 76,08% hasta situarse en los 220,77 millones de metros cúbicos a nivel regional, acaparando el 93,78% de toda el agua disponible.
La explotación del agua subterránea a través de pozos y galerías tampoco ofrece un alivio económico al representar únicamente el 6,12% del volumen total disponible, con 14,41 millones de metros cúbicos. La sobreexplotación de los acuíferos encarece los costes de bombeo desde profundidades críticas y eleva los índices de salinidad. De este modo, el binomio agua-energía se cierra en un bucle complejo para Gran Canaria: el 93,78% del agua de consumo requiere de un proceso industrial de desalación que devora masivamente una electricidad generada en un 73,87% con derivados del petróleo, ligando la supervivencia de los sectores productivos a la factura energética del crudo.


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