
Prica busca un exdirigente de CC candidato para optar a la Alcaldía de Las Palmas de Gran Canaria
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
Las campanas de la iglesia de San José apenas habían marcado las once de la mañana de este miércoles cuando el Paseo Tomás Morales, en pleno corazón de Las Palmas de Gran Canaria, se transformó en el epicentro de la estrategia política insular. El número 7, sede de Primero Canarias (Prica), bullía bajo un sol de justicia que no mermaba la expectación. Teodoro Sosa y Óscar Hernández, figuras de peso en el municipalismo canario, flanqueaban la entrada. El anuncio, largamente esperado por los círculos de la capital, despejó las incógnitas. Marcial Morales Martín, exmilitante nacionalista en Puerto del Rosario, asume la candidatura a la Alcaldía.
El nombramiento rompe moldes porque Prica ficha en ex Coalición Canaria su candidato. Morales llega con una trayectoria que escapa de la ortodoxia orgánica. Nacido en Tuineje, Fuerteventura, un 28 de julio de 1958, su perfil no se fraguó en las facultades de ciencia política al uso. Su formación académica, un equilibrio entre la teología y el derecho, le otorgó una visión humanista que marcaría su posterior deriva profesional. El inicio de su camino no se halló en los despachos, sino en el terreno crudo y urgente de la educación social, trabajando en el área de menores del Cabildo Insular de Fuerteventura. Aquellos años, entre expedientes de protección y realidades truncadas, pulieron una resiliencia política que más tarde trasladaría a la primera línea de mando.
Su salto a la administración autonómica fue precoz. En 1993, las estructuras del Gobierno de Canarias reclamaron su perfil para dirigir la política de Servicios Sociales. Fue el bautismo de fuego. Seis años después, en 1999, escaló hasta la Consejería de Empleo y Asuntos Sociales. Bajo su mandato, entre las postrimerías del siglo XX y el año 2003, gestionó las tensiones de un tejido productivo en transformación constante. Aquella etapa le otorgó una pátina de gestor experimentado, curtido en las negociaciones presupuestarias y en el diálogo constante con los agentes sociales.
Puerto del Rosario, la capital majorera, marca el punto de inflexión en su biografía pública. Entre 2005 y 2015, Morales ocupó el sillón de la Alcaldía. Fue una década de ejercicio municipalista puro, donde el político se fundió con el ciudadano. Su gestión se caracterizó por una cercanía que, en ocasiones, rozó la obstinación. En aquel laboratorio de administración local, Morales aprendió que la política se dirime en los detalles del urbanismo, en la gestión del agua y en la respuesta inmediata ante la carencia vecinal. La experiencia le proporcionó una ventaja comparativa que Sosa y Hernández han querido capitalizar para su proyecto en Las Palmas de Gran Canaria.
El clímax de su carrera institucional llegó tras las elecciones de 2015. El Cabildo Insular de Fuerteventura lo eligió presidente. Fue el momento en el que el político majorero se consolidó como una figura clave en la arquitectura de poder de Coalición Canaria. Sin embargo, su llegada ahora a Las Palmas de Gran Canaria supone un cambio de escala. La capital grancanaria no es Fuerteventura. La complejidad de sus barrios, la densidad de sus problemas habitacionales y la inercia administrativa de una gran urbe presentan un escenario radicalmente distinto al que enfrentó en la administración insular.
La elección de Morales por parte de Municipalistas no es fruto del azar. Responde a la necesidad de una marca que busca desesperadamente un referente de solvencia capaz de captar el voto desencantado. La trayectoria del candidato, marcada por su paso por el Gobierno autonómico y su presidencia insular, ofrece garantías de gestión frente a la incertidumbre. El electorado capitalino se enfrenta a un hombre que conoce los mecanismos de la administración desde el nivel básico hasta el regional.
El político majorero afronta este desafío desde una veteranía que le permite analizar la realidad con sobriedad. En su semblante, durante la presentación en el Paseo Tomás Morales, no hubo espacio para el entusiasmo histriónico. Se vislumbraba más bien la pausa del estratega que mide los tiempos. Su aterrizaje en Las Palmas de Gran Canaria es una apuesta de alto riesgo que pone a prueba la capacidad de transferencia de su capital político acumulado. La capital canaria es, por definición, un terreno donde las trayectorias nacionales se desdibujan y las locales dictan sentencia. Morales, el hombre que pasó de la teología y la protección de menores a la gestión de las grandes instituciones, deberá ahora demostrar si su experiencia insular es, efectivamente, la llave que necesita la ciudad para cambiar su rumbo electoral. El reloj de la campaña ya ha comenzado a correr.


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