
El Aeropuerto de Gran Canaria y el fondo inglés que no cede la propiedad
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
El aeropuerto de Gran Canaria, que por décadas ha sido un lugar de vuelos y de esperas, de llegadas y despedidas, se convirtió de pronto en escenario de un pulso silencioso entre la política local y la mirada británica de un fondo activista llamado TCI, que posee un pequeño, pero poderoso, 6% de Aena, apenas un susurro frente al 51% del Estado, pero suficiente para alterar el equilibrio.
TCI escribió, como quien lanza una piedra que no se ve, una carta al presidente de Aena, Maurici Lucena, exigiendo lo que a ellos les parecía obvio: que nadie, ninguna comunidad autónoma, ninguna voz local, tratara de tocar la centralización de los aeropuertos. Advertían de riesgos, de inseguridad jurídica, de conflictos de interés. Advertían, también, de que la política, esa fuerza turbulenta, podría colarse entre las inversiones previstas y alterar el curso de lo que ellos llaman gobernanza.
La carta llegó mientras Aena se preparaba para desplegar su plan inversor 2027-2031, doce mil ochocientos ochenta y ocho millones de euros destinados a modernizar la red, a ampliar lo que parecía inmóvil, a ajustar tarifas que ya provocaban murmullos entre las aerolíneas. Ryanair, por ejemplo, no tardó en quejarse, diciendo que un aumento del 6,5% era excesivo, y amenazando con recortes de actividad.
Y ahí estaba Canarias, mirando, deseando tener voz propia, querer participar, aunque fuera un poco, en la gestión de su aeropuerto, como quien pide permiso para entrar en su propia casa, mientras TCI, con la frialdad de quien vigila un tablero de ajedrez, respondía: no se toca, no se fragmenta, no se arriesga.
Aena, entre cartas y advertencias, respondió también, con la calma que da el poder centralizado, recordando que sus ojos seguían cada propuesta, cada movimiento de los gobiernos regionales, y que la estabilidad económica y la protección de los accionistas eran prioridades innegociables.
Así, mientras los aviones despegaban y aterrizaban, llevando turistas y mercancías, el aeropuerto de Gran Canaria se convirtió en un lugar donde no solo se movía el aire, sino también las tensiones de intereses, la pugna entre lo local y lo financiero, la disputa silenciosa entre un fondo británico y el deseo legítimo de una región de tener voz propia. Y nadie podía decir, del todo, quién ganaría ese pulso que parecía tan lejano y, al mismo tiempo, tan cercano a todos los que caminan entre terminales y pistas, soñando con vuelos y con futuro.


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