
Naufragio del Sud América: El infierno italiano de septiembre de 1888 en Las Palmas
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
Y bien, ¿Qué es la historia sino una red de olvidos y recuerdos, tejida con los hilos del tiempo, donde cada nudo es un suspiro y cada hebra un lamento? Dicen que el 13 de septiembre de 1888, Canarias, esa porción de tierra apenas visible en la inmensidad del océano, se tiñó de negro. No un negro de luto premeditado, sino de esa oscuridad súbita que irrumpe sin pedir permiso, como un grito en el silencio de la madrugada.
El Sud América, recuerda la Asociación Canarias Cultura Marítima (Accumar), un buque que llevaba en sus entrañas la esperanza de 260 almas emigrantes y la pericia de 69 tripulantes, zarpado de Buenos Aires con destino a Génova, se encontró con su final, no en la vastedad incierta del Atlántico, sino a los pies de Las Palmas de Gran Canaria. Una colisión, dicen. Con un buque francés. ¡Ah, las ironías del destino, que en un instante deshace el viaje de toda una vida a unos pocos metros de la orilla!
Uno se pregunta por qué la memoria es tan selectiva, tan cruel a veces. En Las Palmas, los italianos, o mejor dicho, sus descendientes y los que custodian su legado, tienen un monumento. "La caridad de la patria distante", reza la estatua en el antiguo cementerio de San José. Una mano tendida desde una tierra lejana, un gesto de agradecimiento a la valentía de los canarios que, sin pedir nada a cambio, se lanzaron al rescate. Setenta y nueve vidas segadas, 74 pasajeros y 5 tripulantes. Entre ellos, doce almas que ya habían burlado a la muerte en el naufragio del velero Minerva frente a las costas de Brasil. Qué doble traición, qué burla del destino. ¿No es la vida una sucesión de naufragios, a veces con agua, a veces con aire, a veces solo con el peso de la amnesia?

Porque mientras se honra a unos, otros se disuelven en la nada. Se habla del Sud América, pero ¿quién recuerda el Valbanera? Cuatrocientas ochenta y ocho almas, compatriotas, emigrantes también, engullidas por el mar en la mayor tragedia civil española. ¡488! Y sin embargo, la amnesia, esa cruel enfermedad del alma colectiva, los ha borrado. Eran emigrantes, dicen, como si la condición de viajero sin ancla les restara peso a sus vidas, a sus sueños.
El capitán Carlo Bertora, un hombre que vio el infierno desatarse en la cubierta de su barco a las seis de la mañana, mientras el silencio del amanecer canario se quebraba con gritos, mantuvo la serenidad. Organizó la salida, dicen, y cumplió su promesa de ser el último en abandonar la nave. ¿Serenidad? ¿O el peso de la responsabilidad, ese yugo invisible que a veces es más pesado que el mismo mar? "Nadie pensaba que ese barco pudiera hundirse a tan pocos metros de una ciudad tras atravesar el Atlántico". ¡Ah, la soberbia humana, que cree controlar lo incontrolable! El sistema eléctrico funcionó hasta el final, un último guiño de modernidad antes de la rendición total, cuando el agua lo cubrió todo.
La ciudad de Las Palmas, con sus 20.000 almas durmientes, se despertó con el horror de una pálida luz sobre una bahía teñida de tragedia. Y en medio de todo este drama, la sombra de Raymond Verd, capitán del buque francés La France, que no solo abandonó la escena sino que tuvo la desfachatez de culpar al barco italiano. La mezquindad, ¿no es una de las constantes más persistentes de la condición humana? Afortunadamente, la investigación española, y luego el tribunal de Londres, devolvieron el honor a Bertora y la indemnización a la naviera. Porque a veces, solo a veces, la justicia, esa dama de ojos vendados, logra atisbar la verdad.

Los hermanos Giovanni y Fratelli Lavarello, armadores de La Veloce, sintieron el golpe de tal forma que abandonaron los negocios marinos por años. La esperanza, esa mercancía tan frágil como las monedas de oro encontradas en la ropa interior de los fallecidos, se había hundido con el Sud América. Aquel "septiembre negro", como lo llaman, no fue solo un suceso, sino una grieta en el alma de aquellos que vieron el mar, ese gran cómplice de la vida y de la muerte, llevarse lo que no debía. Y en ese monumento, más allá de la estatua, lo que realmente se erige es el recuerdo de que la memoria, aunque selectiva, a veces decide no olvidar del todo.


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