
San Roque, el agua que no quiso desaparecer en Gran Canaria
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
Hubo un tiempo en que el agua mineral San Roque corría con fuerza desde dos valles, Casares y el que le dio nombre, Valsequillo, y la gente hablaba de ella como quien habla de un amigo que siempre está ahí, aunque nadie sepa de dónde viene, y durante siglos acompañó mesas y memorias, hasta que la deuda y la falta de recursos la hicieron callar en 1998, y aún hoy su nombre sigue susurrando entre viejas botellas amarillentas y cajas que pesaban más que la paciencia.
Ya no existe la sensación de aquel líquido ferruginoso que bebieron tantas generaciones y que, aunque ausente, sigue presente en la memoria de Gran Canaria. Quizás Aguacana de Oscar Díaz, dueño actual, saque una línea premium pero muchas veces superar la vulgaridad es como parar el agua en la acequia: complejo.
El agua San Roque conoció la abundancia de camiones y de repartidores madrugadores, la etiqueta azul y roja para el público y la blanca para los suyos, diez botellas al día que podían beber sin culpa, y los talleres que reparaban los 70 vehículos hasta que solo quedaron 14, y uno se pregunta si la vida misma no es así, una sucesión de intentos por sostener lo que amamos mientras el tiempo y la economía lo llevan a otro lugar, y aun así el agua no desapareció del todo, porque la memoria guarda lo que los hombres olvidan, y Ojeda explicó cómo Viera y Clavijo, con su saber de París, y más tarde Orfila y Lehieu, estudiaron el hierro y el bicarbonato, el calcio y el magnesio, y se maravillaron de algo que nacía del suelo y que, sin saberlo, daba identidad a una isla.
Hubo intentos de rescate, charlas y jornadas, pozo tras pozo, manantial tras manantial en El Rincón, La Mina de Tejeda, el Charco Verde de La Palma, y hasta del Pozo de la Salud en El Hierro, como si hablar de agua fuera hablar de la vida misma, de la paciencia y de la continuidad, y mientras los expertos mostraban técnicas de balneoterapia y cifras de aforos, uno piensa que quizá la lección más importante no estaba en los litros por minuto, sino en la resistencia de algo tan simple y tan necesario como el agua, que sigue buscando un cauce aunque los hombres hayan cerrado la llave.
Hoy, San Roque todavía inspira proyectos, todavía hay quienes sueñan con volver a llenar botellas, con poner el agua de nuevo en manos de las personas, y mientras se discute la viabilidad, uno recuerda a los trabajadores madrugadores, a los camiones cargados hasta el techo, a las etiquetas blancas y a las charlas del siglo XVIII, y entiende que la historia de un agua no es solo química ni economía, sino memoria, comunidad, esperanza, y que a veces lo que parece perdido solo está dormido, aguardando el momento de fluir otra vez.


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