
Hace 130 años en Las Palmas: Cuando Elder acogió la primera sociedad protectora de animales en España
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
La primera sociedad protectora de animales en España se fundó en Las Palmas hace 130 años, por presiones de los residentes británicos establecidos en la capital grancanaria, y tuvo como sede lo que hoy es el Museo Elder de la Ciencia y la Tecnología. Y es que fue precisamente el jefe de la naviera que allí se ubicó, Alfredo L. Jones, el que empujó, bajo el paraguas de la consignataria Elder Dempster y Cía, la creación de lo que sería la primera de toda España, incluso antes de la creación del primer club de golf en la isla y en España.
El presidente de la Asociación Canaria de Cultura Marítima (Accumar), José Juan Rodríguez Castillo, ha previsto para 2025 y 2026 una serie de conmemoraciones que comienzan con el Día Mundial de los Animales y que se celebra el sábado, 4 de octubre de 2025, con un encuentro diversas organizaciones animalistas, instituciones de la isla de Gran Canaria y el British Club de Las Palmas. Esta agenda ya está acreditada ante la organización del World Animal Day en el Reino Unido. Del Castillo recuerda que Alfred L. Jones fue el presidente de honor de la entidad protectora de animales en un tiempo donde el papel de los cerdos y las gallinas ponedoras en lo industrial no se tenía en cuenta para avanzar.
La profesora María Isabel González Cruz, de la ULPGC, recuerda que "la idea de constituir esta sociedad fue rápidamente acogida con gran entusiasmo por los residentes isleños y extranjeros, contando, además, con el decidido apoyo de las autoridades locales". Así, en la tarde del lunes 10 de agosto de 1896, "se reunieron en la casa de Don Rosendo Ramos, representante de la casa Elder Dempster y Cía. Mr. Seddon y Mr. R. Falkner, y los señores Don Tomás de Zárate y Morales, Don Miguel Sarmiento Pérez, Don Cayetano Inglott y Ayala, Don Francisco V. Reina, Don Domingo Guerra Rodríguez, junto con el director del Diario de Las Palmas. Don Rosendo les expuso el proyecto de Mr. Jones, que ofrecía generosos donativos para prevenir el maltrato a los animales y, al mismo tiempo, recompensar a los celadores de la sociedad que denunciasen cualquier acto de crueldad hacia ellos".
A finales del siglo XIX, Las Palmas de Gran Canaria era un paraíso incipiente, un destino de prestigio internacional famoso por su clima benévolo y curativo. Las guías de viaje británicas hablaban de una estación de salud y un refugio de sol para los viajeros de Europa. Pero bajo el idilio de los días soleados se escondía una realidad que sorprendía y ofendía a los visitantes extranjeros: la crueldad isleña hacia los animales.
¿Cómo surgió? Los relatos de los turistas son crudos. Carruajes tirados por caballos famélicos y llenos de llagas; mulas cojeando por las carreteras de tierra, golpeadas con saña. El acto de clavar una púa de cactus en la cruz de un burro para que trotara era una práctica tan común que apenas causaba asombro entre los locales. Los viajeros, en particular los ingleses, no podían tolerar un espectáculo tan doloroso. Algunos preferían quedarse en sus hoteles para evitar la visión de esa miseria animal, mientras que otros, como una audaz y enérgica dama inglesa, tomaban la justicia por su mano, arrebatando el látigo a un arriero para darle una lección.
Fue la colonia británica, esa avanzada de la cultura victoriana en la Isla, la que tomó la iniciativa. Encabezados por Alfred Lewis Jones, el visionario de la naviera Elder Dempster, decidieron que un paraíso que toleraba tal crueldad no era digno de su reputación. Con la colaboración de influyentes residentes españoles, se fundó la Sociedad Protectora de Animales de Canarias (SPA) el 21 de agosto de 1896. No era un gesto menor: se trataba de la primera sociedad de su tipo en toda España.
El acta de su fundación, redactada en la casa de Rosendo Ramos, muestra una lista de honorables miembros, tanto británicos como canarios, dispuestos a cambiar la realidad de su ciudad. Mr. Jones, nombrado presidente honorario, ofreció generosos donativos para premiar el buen trato a los animales y castigar el maltrato. La SPA de Canarias estableció sus oficinas en el Viceconsulado británico en la calle Triana y comenzó su labor con un claro objetivo: erradicar esas escenas de tortura con multas, denuncias y, lo más innovador, con recompensas para los cocheros y carreteros que demostraran un cuidado ejemplar.
Los resultados no se hicieron esperar. En tan solo dos meses, se registraron 46 denuncias por animales inútiles para el trabajo, con llagas o enfermos. La Sociedad, con la cooperación de las autoridades, obligó a retirar a muchos animales del servicio y se propuso acabar con una costumbre que consideraban impropia de un pueblo culto. Sin embargo, este noble esfuerzo no duraría para siempre.
Con el tiempo, la actividad de la SPA de Canarias decayó. La falta de apoyo popular y un incidente lamentable, donde un testigo de una denuncia fue apuñalado, obstaculizaron su labor. Pese a los esfuerzos de intelectuales como Francisco González Díaz, quien lamentaba la falta de apoyo oficial, la sociedad se disolvió. Para los canarios de la época, la iniciativa se veía, según algunos, como una "rara ocurrencia" y fue objeto de burla. Un periodista de la época se preguntaba con amargura cómo podían organizarse para proteger a los animales si ni siquiera lograban unirse para defender sus propios intereses económicos.
La semilla, sin embargo, había sido plantada. Años después, ya en el siglo XX, nuevos intentos de revivir la sociedad protectora se encontrarían con los mismos obstáculos, a pesar de que la ayuda de la colonia inglesa, a través del British Club, seguía llegando de manera incansable. Este fragmento de la historia de Las Palmas no solo nos habla de la crueldad y la civilidad, sino del legado de una comunidad extranjera que dejó una huella imborrable, marcando el camino hacia la compasión en una época en la que esta virtud era un lujo en los rincones más soleados del mundo.


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