El año del cólera en Teror: hambre, muerte y miedo en la Gran Canaria del siglo XIX

Primero desaparecieron las papas. Después llegaron el hambre, los entierros improvisados, las rogativas inútiles y un hombre sin nombre abandonado en una casa vacía de Arbejales mientras intentaba huir del cólera. La modernidad, en Canarias, no entró con fábricas ni ferrocarriles; entró oliendo a cal viva y a humedad de cementerio
OPINIÓN24/05/2026JOSÉ LUIS JIMÉNEZJOSÉ LUIS JIMÉNEZ

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En Teror el siglo XIX terminó antes de tiempo. No por una revolución, ni por la llegada del progreso, ni siquiera por la política. Terminó porque la gente empezó a morirse demasiado deprisa. Primero desaparecieron las papas. Después llegaron el hambre, los entierros improvisados, las rogativas inútiles y un hombre sin nombre abandonado en una casa vacía de Arbejales mientras intentaba huir del cólera. La modernidad, en Canarias, no entró con fábricas ni ferrocarriles; entró oliendo a cal viva y a humedad de cementerio. Durante meses, aquella pequeña sociedad agrícola descubrió algo elemental y desagradable: que la civilización era una capa muy fina colocada sobre el miedo.

Teror aprendió a contar el tiempo a partir de una enfermedad. Durante décadas, cualquier conversación sobre el pasado acababa desembocando en "el año del cólera". No era una exageración sentimental ni un recurso literario de los mayores del pueblo. En 1851, aquella villa agrícola de poco más de 3.000 habitantes sufrió una epidemia tan intensa que alteró la memoria colectiva, cambió la fecha de las fiestas religiosas, abrió cementerios improvisados y dejó marcas visibles en el paisaje hasta bien entrado el siglo XX. Antes del cólera había habido hambre; después del cólera ya nada volvió a percibirse del mismo modo.

El estudio de Vicente Suárez Grimón sobre Teror en la crisis del Antiguo Régimen tiene algo fascinante para un lector contemporáneo: muestra cómo una sociedad rural del siglo XIX vivía permanentemente al borde del colapso. La fragilidad era absoluta. Una plaga de langosta, unos meses sin lluvia o una enfermedad llegada desde el puerto podían desencadenar una cadena de acontecimientos devastadora. La economía local dependía casi por completo de la agricultura y, dentro de ella, de un cultivo humilde: la papa. Cuando fallaba la cosecha, no desaparecía un producto más; desaparecía literalmente la base de la alimentación popular.

La secuencia que precede al desastre resulta casi cinematográfica. Primero llegaron las plagas. En 1844 la langosta procedente de Berbería atravesó Gran Canaria. El Ayuntamiento obligó a cada vecino a entregar medio celemín de insectos muertos o, en su defecto, pagar dos reales para contratar peones que los exterminaran. La escena tiene algo surrealista: campesinos recorriendo campos para recolectar cigarrones mientras las autoridades convierten la lucha contra la plaga en una especie de impuesto en especie. El detalle revela hasta qué punto las instituciones locales improvisaban soluciones inmediatas frente a problemas gigantescos.

Después vino la sequía. Las rogativas religiosas comenzaron a multiplicarse. En Teror, pedir lluvia a la Virgen del Pino no era un acto folclórico ni una costumbre pintoresca; era un mecanismo de supervivencia colectiva. Las novenas fuera de temporada funcionaban como un indicador meteorológico y económico. Cuando las campanas llamaban a rogativas en meses poco habituales, los vecinos entendían que la situación era grave.

El hambre de 1847 no aparece descrita únicamente con estadísticas. Lo más impactante del texto son los pequeños detalles humanos. En Valleseco, según un párroco, muchas personas caminaban kilómetros para arrancar raíces de helecho, lavarlas, tostarlas y convertirlas en una especie de gofio improvisado. Mezclaban aquellas raíces con hierbas silvestres para engañar al estómago. El relato desmonta cualquier imagen romántica del mundo rural canario del XIX. Aquella sociedad sobrevivía gracias a una dieta mínima y extremadamente vulnerable.

Las autoridades locales escribieron entonces uno de los documentos más duros del periodo. Pedían perdón fiscal a la Diputación porque, según decían, "los menos infortunados pueden optar entre la emigración y la muerte". La frase impresiona porque revela algo muy actual: la emigración aparecía ya como mecanismo de escape económico antes incluso de convertirse en fenómeno masivo. Marcharse era una forma de evitar el hambre.

También sorprende el papel de la Iglesia como estructura asistencial real. El Estado prácticamente no existía en términos sociales. No había beneficencia pública organizada. Cuando la situación se volvió extrema, las ayudas llegaron desde las limosnas de la Virgen del Pino. Se compró trigo, se pagó el transporte desde Las Palmas y se repartió pan por los barrios de Teror y Valleseco. El episodio explica algo esencial sobre la sociedad canaria de mediados del XIX: la religión no era solo espiritualidad; era administración económica, asistencia social y red de emergencia.

La gestión del hambre tenía además una dimensión logística fascinante. El trigo debía trasladarse desde otros municipios porque los graneros locales estaban casi vacíos. Los precios se dispararon. El millo alcanzó cifras desorbitadas. Un mal año agrícola alteraba todo el sistema económico. En un mundo sin cadenas modernas de suministro, la escasez se convertía enseguida en catástrofe.

Lo extraordinario es que apenas cuatro años después llegaría algo peor.

El cólera de 1851 entró en Teror acompañado de una historia casi novelesca. El primer muerto conocido era un hombre que huía de Las Palmas con varias mujeres tratando de escapar de la epidemia. Buscaron refugio en Arbejales. Nadie quiso alojarlos. Terminaron ocupando una casa abandonada. El hombre enfermó y las mujeres huyeron dejándolo solo. Murió antes de recibir asistencia religiosa. Ni siquiera se supo nunca quién era. La primera víctima del cólera en Teror quedó registrada como un desconocido. Hay algo brutalmente moderno en esa escena: personas escapando de una ciudad infectada, vecinos cerrando puertas por miedo al contagio y autoridades incapaces de controlar los movimientos humanos.

La epidemia puso además de manifiesto los límites del conocimiento médico de la época. Las autoridades prohibieron cordones sanitarios porque una Real Orden los consideraba inútiles contra el cólera. El resultado fue que cientos de personas siguieron desplazándose entre Las Palmas y los pueblos del interior. Muchos ciudadanos acomodados tenían casas en Teror y huyeron allí buscando aire más puro. Lo irónico es que probablemente contribuyeron a extender la enfermedad.

El texto describe un mundo donde convivían medidas burocráticas muy racionales con creencias casi medievales. Las autoridades exigían informes diarios de muertos y enfermos, ordenaban abrir comercios para evitar desabastecimientos y distribuían métodos curativos impresos. Al mismo tiempo, buena parte de la población interpretaba el cólera como un castigo divino. El choque entre administración moderna y mentalidad religiosa aparece constantemente en el relato.

Uno de los aspectos más curiosos es el miedo a los "vapores". Un rico sacerdote llamado Juan Navarro evitaba cruzar el pueblo caminando por acequias y caminos laterales para no respirar el aire contaminado de las calles. La teoría de los miasmas dominaba todavía la comprensión de las epidemias. Se creía que el aire corrompido transmitía la enfermedad. Resulta fascinante observar cómo personas inteligentes y cultas organizaban literalmente sus recorridos diarios para esquivar supuestos vapores infecciosos.

La velocidad del contagio fue devastadora. Entre junio y agosto murieron más de 330 personas. Para una población tan pequeña equivalía a una auténtica demolición demográfica. En algunos días se registraban hasta 18 entierros. Los cementerios parroquiales colapsaron y hubo que abrir fosas en varios barrios. Durante más de un siglo quedaron cruces recordando aquellos enterramientos improvisados. Muchas desaparecieron en 1977 durante obras urbanísticas. La modernización terminó borrando físicamente las huellas del desastre.

La distribución geográfica de las muertes revela otro aspecto interesante: el cólera seguía las desigualdades sociales. Los barrios más pobres fueron los más castigados. El texto menciona familias enteras desapareciendo en cuestión de días. En Las Rosadas murieron tres hermanos de 16, 13 y 5 años el mismo día. La epidemia no distinguía completamente entre ricos y pobres, pero golpeaba con más fuerza a quienes vivían peor alimentados y en peores condiciones higiénicas.

La administración local recurrió incluso a presos para recoger cadáveres. Cinco confinados enviados inicialmente a Arucas acabaron trabajando en Teror enterrando muertos. Cobraban ocho reales por dos días de trabajo. La escena transmite perfectamente la dimensión del colapso: el pueblo necesitaba mano de obra específica para gestionar cuerpos.

Otro detalle extraordinario es la obsesión estadística que comienza a aparecer. Los alcaldes enviaban partes diarios con cifras de muertos, enfermos y convalecientes. La burocracia moderna emergía en medio del caos. Las autoridades necesitaban números para informar al gobernador provincial y decidir medidas sanitarias. El siglo XIX español aparece aquí como una mezcla extraña de improvisación precaria y creciente administración técnica.

La epidemia también alteró el calendario emocional de la Isla. La Fiesta del Pino se aplazó de septiembre a noviembre para evitar aglomeraciones. El simple hecho de retrasar la principal celebración religiosa muestra hasta qué punto la situación se consideraba extrema. Para muchos habitantes aquello debió de resultar tan impactante como la propia enfermedad.

Hay otro elemento profundamente contemporáneo: la discusión sobre las cifras reales de víctimas. Los registros parroquiales, los informes municipales y la memoria oral no siempre coincidían. Algunos hablaban de nuevos brotes; otros los negaban. Incluso hoy resulta difícil reconstruir exactamente lo ocurrido. La pandemia dejó una estela de rumores y relatos contradictorios que recuerdan mucho a fenómenos recientes.

El texto permite además entender cómo funcionaba la vulnerabilidad estructural de las sociedades preindustriales. El hambre de 1847 debilitó físicamente a la población. Cuatro años después, el cólera encontró una comunidad mal alimentada, empobrecida y agotada. La enfermedad no actuó sola; aprovechó una crisis previa. Esa relación entre nutrición, pobreza y mortalidad aparece constantemente en el estudio.

La imagen final resulta especialmente poderosa. Durante décadas, pequeñas cruces dispersas por barrios y caminos recordaban dónde se habían enterrado víctimas del cólera. Los vecinos crecían viendo esas marcas silenciosas. El paisaje era también un archivo de la memoria colectiva. Cuando desaparecieron bajo desmontes y obras deportivas en los años setenta, no solo se perdió un vestigio físico; desapareció una forma de recordar el pasado.

La historia de Teror en aquellos años no habla únicamente de epidemias o hambre. Habla de cómo una comunidad pequeña enfrentaba amenazas enormes con recursos mínimos. Habla de improvisación, miedo, religiosidad, burocracia naciente y supervivencia cotidiana. Sobre todo, demuestra algo que a menudo se olvida cuando se mira el siglo XIX desde la distancia: para millones de personas europeas, la modernidad todavía convivía con condiciones materiales extremadamente frágiles. Un verano caluroso, una cosecha perdida o un barco infectado podían cambiarlo todo.

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