
La montaña parió un ratón: el Partido Popular exige un búnker de equidad litúrgica para el Papa entre Gran Canaria y Tenerife
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
El archipiélago canario se consume en su propia irrelevancia administrativa mientras el Partido Popular de la capital de Tenerife ensaya el último simulacro de la dignidad provincial. La inminente visita de León XIV, lejos de operar como un bálsamo de trascendencia espiritual en un territorio moralmente devastado por el turismo de masas y los alquileres vacacionales, se ha transformado en un grotesco conflicto de protocolo funcionarial. Las provincias canarias contemplan la llegada de la comitiva vaticana no como un misterio de la fe, sino como un frío algoritmo presupuestario donde cada minuto de bendición papal debe ser rígidamente sometido a un reparto de cuotas territoriales.
El epicentro de este drama burocrático se sitúa en los pasillos del consistorio de Santa Cruz de Tenerife, un espacio donde la supervivencia política cotiza a la baja. Carmen Pérez, consejera delegada de la Sociedad de Promoción, ha iniciado maniobras de posicionamiento para postularse como candidata a la alcaldía en los comicios de 2027. Esta ofensiva interna condena de facto al actual primer teniente de alcalde, Carlos Tarife, a la búsqueda desesperada de un plan de protección de testigos institucional: un puesto de salida alternativo que le permita seguir devorando el presupuesto público y justificando su propia existencia en las agendas oficiales.
El agravio comparativo del besamanos
La estrategia de supervivencia de Tarife ha encontrado su catalizador en los primeros borradores no oficiales filtrados por los fontaneros del Vaticano. El edil centrista ha manifestado públicamente su descontento ante lo que califica como una preocupante asimetría organizativa entre las dos capitales atlánticas. El diseño preliminar del despliegue diplomático otorga un peso representativo insultantemente mayor a Las Palmas de Gran Canaria, dejando a la corporación tinerfeña en una posición de subordinación litúrgica insoportable para el orgullo local.
El agravio técnico no radica en la doctrina teológica, sino en el formato del besamanos. Las previsiones de la Santa Sede contemplan un saludo institucional con los miembros de la corporación grancanaria al completo; un privilegio corporativo que los planificadores romanos han decidido excluir de la agenda diseñada para Santa Cruz de Tenerife. La respuesta de los líderes municipales del Partido Popular ha sido inmediata, exigiendo una rectificación unilateral bajo la premisa de que ambas urbes ostentan idénticos derechos de representación ante el Sumo Pontífice. La fe católica se reduce así a una disputa por el derecho de aparición en el telediario regional.
La liturgia del obsequio provincial
Ajeno al nihilismo que destila la polémica, el equipo de gobierno de Santa Cruz de Tenerife ya confecciona un obsequio singular para mitigar la humillación insular y conmemorar una jornada que califican de hito histórico. Las áreas de protocolo apuran los contactos institucionales para unificar los criterios de las dos recepciones antes del aterrizaje papal, intentando camuflar bajo el concepto de igualdad territorial la profunda orfandad política que atenaza a la provincia occidental.
Mientras los departamentos de seguridad ultiman de forma frenética los cortes de carreteras y los planes especiales de transporte público para canalizar a una masa de fieles sumida en el desempleo y el sol, el Partido Popular tinerfeño insiste en blindar un criterio estricto de simetría clerical. La montaña de la diplomacia vaticana ha parido, finalmente, un ridículo ratón autonómico: el derecho inalienable de unos concejales de provincias a estrechar la mano de un anciano vestido de blanco durante los mismos segundos exactos que sus eternos rivales del bando oriental.


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