
Terrae Gran Canaria consolida un movimiento gastronómico rural
JAVIER ROSALESTerrae Gran Canaria volvió a situar en el centro del debate a la gastronomía rural y a quienes la sostienen desde pueblos, comarcas agrícolas y territorios alejados de los grandes focos de promoción. Lo que nació como un congreso especializado ha evolucionado, edición tras edición, hacia un espacio de encuentro que da forma a un movimiento de cocineros rurales cada vez más organizado, más visible y con mayores ambiciones colectivas.
Durante la asamblea celebrada en la clausura del encuentro, varios de los profesionales participantes coincidieron en la necesidad de fortalecer la red, ampliar su base y convertirla en una voz reconocible ante las administraciones y el conjunto del sector hostelero. El chef Luis Alberto Lera (Restaurante Lera*, Castroverde de Campos, Zamora), elegido por sus compañeros alcalde de los cocineros rurales, subrayó que aún quedan pendientes muchos de los objetivos recogidos en la Declaración de Agüimes de 2025, aunque defendió el valor de mantener vivo este espacio común. La prioridad, vino a señalar, pasa por tejer alianzas estables entre quienes trabajan y defienden el medio rural, de modo que sus reivindicaciones no dependan únicamente del esfuerzo aislado de cada profesional en su territorio.
Ese mismo mensaje de unidad fue compartido por otros integrantes del grupo impulsor. Nacho Solana (Restaurante Solana*, Ampuero, Cantabria), defendió la conveniencia de sumar a más cocineras y cocineros, pero también de abrir el movimiento a otros perfiles vinculados al campo y a la producción agroalimentaria. La tesis fue clara: la unión puede multiplicar la fuerza del sector y darle una presencia pública mucho mayor que la actual.
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Productores, artesanos y oficios rurales reclaman protagonismo
Uno de los ejes más repetidos en el debate fue la necesidad de incorporar a la conversación a quienes sostienen la base del sistema alimentario rural. En ese sentido, Juan Carlos García puso el foco en la importancia de dar presencia a artesanos, productores, recolectores, panaderos y pasteleros, oficios estrechamente ligados a la identidad de los territorios y que, en muchos casos, se enfrentan a un problema creciente de falta de relevo generacional.
La preocupación no se limita a la cocina como actividad empresarial, sino que alcanza a todo el ecosistema que la hace posible. Los participantes coincidieron en que la pérdida de estos oficios supone también una amenaza para el patrimonio cultural, la economía local y la continuidad de modelos productivos ligados al paisaje y a la tradición. Por eso, varias intervenciones defendieron que la visibilidad del mundo rural no puede centrarse solo en los restaurantes, sino que debe extenderse a toda la cadena vinculada al territorio.
En esa misma línea, Pedro Martino reclamó mayor apoyo para unos productores a los que definió como prácticamente invisibles dentro del sistema. Su planteamiento apuntó a una alianza más estrecha entre cocina y producción local para amplificar el debate sobre los problemas estructurales del entorno rural y elevar su presencia pública.
Puentes con Italia, Portugal y Andorra
La edición de Terrae 2026 contó además con la participación de profesionales de Portugal, Italia y Andorra, una presencia internacional que reforzó una de las propuestas surgidas en la asamblea: extender el movimiento a cocineros de países vecinos con realidades parecidas y abrir nuevas vías de cooperación.
La idea de crear puentes entre territorios rurales del sur de Europa fue respaldada por representantes de esos países. Víctor Adão, desde Portugal, incidió en que existen muchos problemas compartidos entre los cocineros rurales y defendió la necesidad de contar con representación propia, al considerar que las asociaciones generales de hostelería no siempre reflejan sus necesidades específicas. Por su parte, Giuseppe Iannotti, desde Italia, insistió en que la población del campo no solo conserva cultura y tradición, sino que también sostiene una parte esencial de la economía real del territorio. Frente a sectores que pueden deslocalizarse, recordó, quienes trabajan desde el ámbito rural están vinculados de forma directa al lugar.
El mensaje común fue que la cooperación internacional entre cocineros rurales puede ayudar a dar mayor dimensión al movimiento, compartir soluciones y generar una narrativa conjunta capaz de ganar peso institucional y mediático.

Menos burocracia y soluciones para el producto local
Junto a las grandes ideas de representación y visibilidad, el congreso dejó también demandas muy concretas. Una de las más reiteradas fue la referida a la burocracia que afecta a los negocios rurales, especialmente a aquellos que trabajan con producción propia o combinan cocina con actividades agroganaderas y elaboradoras.
En este apartado, Borja Marrero, del restaurante Muxgo, reclamó una simplificación administrativa que permita desarrollar con menos trabas labores como la cría de animales, el cultivo o la elaboración de quesos. Su planteamiento apuntó a la posibilidad de unificar epígrafes y facilitar el encaje legal de quienes trabajan distintas áreas de producción dentro de un mismo proyecto gastronómico.
También hubo espacio para propuestas ligadas al aprovechamiento de recursos. Edorta Lamo defendió trasladar la voz del campo a la ciudad y abrir un debate más realista sobre la convivencia entre sostenibilidad, naturaleza y determinados usos alimentarios. En ese contexto, propuso avanzar en la creación de centros de distribución de carne de caza en distintas comunidades autónomas para evitar el desperdicio de un producto que, según se expuso, hoy se pierde en muchos casos por falta de cauces adecuados, garantías sanitarias o procedimientos administrativos viables.
Más apoyo institucional y nuevas exigencias al sector público
Las intervenciones reflejaron también un cierto cansancio frente a una dinámica que muchos participantes consideran habitual: ser llamados como embajadores del territorio en actos promocionales sin que ese respaldo se traduzca después en medidas concretas o en una implicación duradera con los problemas del medio rural.
En esta línea, Kiko Moya defendió que los cocineros rurales deben empezar a exigir contrapartidas reales cuando participan en acciones de promoción institucional. Entre ellas, citó una mayor visibilidad para sus territorios, reconocimiento efectivo y una implicación más clara de los responsables públicos en los desafíos que afrontan estos proyectos durante todo el año, no solo en momentos puntuales.
Por su parte, Joan Capilla fue más allá al sostener que las particularidades de la gastronomía rural son tan específicas que merecerían incluso una atención institucional diferenciada. Su reflexión ponía el acento en la distancia existente entre las necesidades de los pequeños establecimientos rurales y las prioridades de grandes cadenas o modelos empresariales mucho más industrializados.
Educación, creatividad y mayor presencia femenina
El debate también incorporó otras dimensiones. Salva Fernández defendió que la defensa del rural no puede recaer únicamente en quienes viven y trabajan en él, sino que debe implicar también a la población urbana. A su juicio, la creatividad y la capacidad de llamar la atención forman parte de las herramientas que el empresariado rural debe aprovechar para ganar influencia y mejorar su capacidad de convicción.
A esa mirada se sumó Luis Salcedo, que subrayó la importancia de educar desde la escuela sobre alimentación y cultura gastronómica para que el trabajo desarrollado en el campo y en la cocina sea comprendido y valorado desde edades tempranas.
Otro de los asuntos destacados fue la infrarrepresentación femenina. Beatriz Pascual, una de las escasas voces femeninas presentes en esta edición, reclamó una mayor presencia de cocineras y productoras en futuras convocatorias. Su llamada de atención puso sobre la mesa una contradicción evidente: en un entorno donde las mujeres desempeñan un papel esencial en muchos procesos productivos y comunitarios, su visibilidad pública sigue siendo insuficiente.
Gran Canaria, escaparate de la gastronomía rural
Los participantes coincidieron en reconocer el papel que desempeña Terrae Gran Canaria como plataforma para ordenar, visibilizar y dar continuidad a este fenómeno emergente. Desde el punto de vista gastronómico, el encuentro se consolida como uno de los foros más relevantes para un movimiento que busca defender el valor del territorio, la economía circular, la producción agroalimentaria limpia y el ecoturismo.
La Isla ha vuelto a servir como escenario para ese impulso. La clausura cerró tres jornadas de muestras gastronómicas, ponencias y visitas a proyectos innovadores de producción agroalimentaria en distintos puntos de Gran Canaria. Entre ellos figuraron iniciativas tan diversas como una plantación ecológica de fresas con cultivo hidropónico y uno de los viñedos situados a mayor altitud de España, a unos 1.400 metros.
Tras recorrer en años anteriores distintos enclaves insulares, el congreso tuvo este año como marco la comarca noroeste de Gran Canaria, un entorno de medianías y paisaje verde que refuerza la conexión entre cocina, campo, producto local y desarrollo territorial. Ese contexto ha convertido a la isla en un terreno fértil para un debate que ya trasciende lo culinario y que apunta, cada vez con más claridad, a una reivindicación compartida del mundo rural.


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