
Vídeo I 45 años de Jet-Foil, o el tiempo en que el mar se hizo rápido en Gran Canaria
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
Fue en un archipiélago que nació del fuego y vive del mar, donde el tiempo, que hasta entonces se movía al ritmo lento de las olas, cambió de paso.
Y no porque los hombres lo desearan con más intensidad que antes, sino porque un artefacto volador —sí, volador, aunque navegara— llamado Jet-Foil se atrevió a rozar la piel líquida del Atlántico y coser con hilo de espuma las dos capitales de Canarias en apenas noventa minutos, como si el océano, de repente, fuera una simple carretera sin curvas ni semáforos.
Ahora, cuarenta y cinco años después (1980-2025), sectores culturales de Gran Canaria solicitan que el Jet-Foil no se diluya del todo en el olvido. Que el Museo Elder le dedique una esquina, una vitrina, un silencio. No para llorarlo, sino para explicarlo. Porque el Jet-Foil no fue solo una máquina: fue la prueba de que también en las Islas puede la tecnología mirar al futuro sin pedir permiso. Fue el suspiro de modernidad de un pueblo que durante siglos tuvo que esperar por los barcos y ahora aprendía, por fin, a volar sobre las olas. Y si eso no merece un lugar en la historia, entonces, ¿qué lo merece?
La historia es que corría el año mil novecientos ochenta, aunque podría haber sido mañana o ayer, porque la memoria en estas islas es circular como la marea. Fue entonces cuando la Trasmediterránea, presidida por un hombre de apellido Esteve, trajo desde los astilleros de Boeing —que hasta entonces fabricaban alas para aviones y sueños— un navío llamado Princesa Voladora. Y volaba, sí, al menos para quienes estaban acostumbrados a travesías largas, al sopor salado de los camarotes lentos, al ronroneo mecánico de los barcos convencionales. Aquello fue revolución y fue asombro, y durante casi un cuarto de siglo, nombres femeninos como Guayarmina, Guacimara, Dácil o Teguise fueron sinónimos de velocidad, de modernidad, de promesa cumplida.
Pero como todo lo que el hombre inventa, el Jet-Foil también envejeció, o mejor dicho, lo hicieron envejecer. Llegaron los catamaranes, que también corren, y llevan coches, y queman más gasóleo del que sería sensato nombrar. Llegaron decisiones empresariales que no leyeron la poesía que escribía cada travesía de aquellos buques que deslizaban como cuchillos entre las olas. Y el Jet-Foil, sin merecerlo, pasó a ser recuerdo, ese lugar donde habita lo que fue y no supimos guardar. Uno de los que estaba en Las Palmas capital está funcionando perfectamente en Hong Kong.


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