
Toponimia de Gran Canaria: El Sebadal y los nombres que perdieron su origen
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
Es una cosa curiosa, la memoria de los hombres, y la forma en que el tiempo la va borrando sin pedir permiso, como si fuera una goma que se pasa por un papel escrito; y si eso es cierto para la historia de las personas, lo es aún más para los nombres que damos a las cosas y a los lugares, esos topónimos que son como piedras que se quedaron en la orilla del río de los siglos, a la vista de todos, pero sin que sepamos ya con certeza de qué montaña se desprendieron.
Y así nos encontramos con las dos almas de la misma memoria en esta isla de Gran Canaria, la del Sebadal que la naturaleza había sembrado en el fondo del mar, una pradera de Cymodocea nodosa que era el refugio y el sustento de la vida, y la del otro Sebadal, el que los hombres del siglo XX, en su infinita prisa por construir, levantaron sobre lo que había sido un antiguo sebadal, en unos terrenos que antes eran solo un secreto entre los pescadores y los marineros que faenaban en el naciente de La Isleta, y en este acto de nombrar, el hombre, sin querer, duplicó la historia, una historia de vida natural y otra de industria, y de las dos nos queda el mismo nombre, como si el lenguaje no supiera o no quisiera hacer diferencias entre lo que se crea con el tiempo del mar y lo que se construye con el cemento del hombre.
Pero antes de esta urbanización, antes de que el suelo industrial se quedara huérfano de los almacenes que los ingleses levantaron, antes de que la ciudad engullera los antiguos negocios del Puerto de La Luz, había otros nombres, los que se perdieron en el aire como un pájaro que nunca regresa al nido, y esos nombres, los de la prehistoria, llegaron a nosotros como Fono-Topónimos, una palabra que suena a saber mucho, pero que en verdad significa que no sabemos nada de su alma original, solo el sonido que llegó a los oídos de aquellos conquistadores que lo oyeron sin entenderlo, hombres que transcribieron con su propia lengua los ecos de una que se moría, y así, los nombres de Arucas, Mogán, Telde, Gáldar, se quedaron a vivir en la nueva historia, pero ya como fantasmas, sin el cuerpo de su significado.
Y luego vinieron los otros, los Arqueo-Topónimos, una categoría de nombres que no vino del oído sino de la mirada, la mirada de los conquistadores que, al ver las estructuras aborígenes, las bautizaron no con un nombre nuevo, sino con el nombre de cosas que ya conocían de sus propias tierras, y así las cuevas de habitación en los riscos se convirtieron en Palomares, porque se parecían a los nidos de las palomas en los acantilados, y los enterramientos a ras de suelo se convirtieron en Hormigueros, porque se parecían a los montículos que levantan las hormigas, y con este acto de nombrar, el que llega no solo se apropia del lugar, sino que le impone su propia visión del mundo, como si solo pudieran existir las cosas que tienen nombre en su propia lengua, y de esa misma manera, los Hornillos, los Caserones, se quedaron a vivir en el nuevo mapa, y con ellos, el sufijo "-ejo" se añadió a otros lugares, Lugarejo, Castillejo, como una marca de tiempo que señalaba lo que pertenecía "del tiempo de los Canarios", una etiqueta que, en su simpleza, decía más de lo que los hombres se atrevieron a escribir en los libros de historia, y así fue como las palabras se hicieron dueñas de los lugares y de la memoria de quienes los habitaron.
Y mientras los académicos, con su noble afán, intentan entender las reglas de la toponimia, el sebadal natural en el fondo del mar, ese otro Sebadal que la urbanización no pudo tocar, continúa su vida, pero con la amenaza de la desertificación que el hombre, con sus "impactos antrópicos", causa en la zona litoral, como si la historia se repitiera, y lo que una vez se perdió en la tierra, ahora se estuviera perdiendo, poco a poco, en el fondo del océano.


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