
Bacterias que llegan en cayucos a Gran Canaria: lo que saben los médicos
JOSÉ LUIS JIMÉNEZ
Digamos que hay un cuerpo, cansado, mojado, salobre, un cuerpo que no tiene más nombre que el de la necesidad, y que llega a la orilla como quien llega a la vida por segunda vez, arrastrado por una barcaza, por el miedo, por el deseo de existir en otro lugar, un cuerpo herido no por una bala ni por un golpe, sino por la fricción constante con la madera, con el plástico caliente, con la humedad que no perdona, un cuerpo que sufre en silencio y cuya piel habla antes que la voz, y entonces los médicos, esos sabios de bata blanca y manos exhaustas, deciden mirar de cerca, poner nombres, tomar nota, aislar gérmenes, como quien busca entender no solo la herida sino lo que la infecta.
Fue en Tenerife, en la Universidad de La Laguna y en el Hospital de La Candelaria, donde esta mirada tomó forma de estudio, de tabla, de estadística con alma, veintitrés pacientes entre 2020 y 2023, una cifra que no escandaliza pero que sí revela, porque el 91,3 por ciento de ellos tenía llagas en la zona glúteo-sacra, no por azar, sino porque es ahí donde el cuerpo se apoya, se encoge, se rinde, durante días enteros en una patera sin destino fijo, y lo que encontraron los investigadores no fue una infección cualquiera, sino una geografía bacteriana que mezcla tierra y mar, humanidad y miseria, con un total de treinta y siete microorganismos, entre ellos el conocido Staphylococcus aureus, presente en el 32,4 por ciento de los casos, los Enterobacterales —restos del intestino, de la vida interior— en el 24,3 por ciento, y bacterias marinas, esos invisibles habitantes del océano, en el 18,9 por ciento.
El tratamiento habitual, ese protocolo que suele funcionar para el ciudadano de a pie, no sirve aquí, falla en casi el 40 por ciento de los casos porque no contempla el viaje, no contempla la sal, no contempla el abandono, se recetó amoxicilina con ácido clavulánico, pero no bastó, y es por eso que los doctores Laynez-Roldán, Gómez Álvarez, Pérez Hernández y Gala Aguilera-García —cuyos nombres deberían pronunciarse como se nombran los árboles que dan sombra— piden ahora un cambio, una adaptación no solo médica sino ética, porque si las bacterias vienen del mar, del cuerpo, de la resistencia misma de vivir, no se puede curar como si se tratara de una gripe de oficina, y así, entre tubos de ensayo y compasión clínica, nos están diciendo algo más profundo: que la salud no puede ser ajena a la historia del que llega, que las infecciones no son sólo biológicas, que un cuerpo que sobrevive al mar no debería morir por la piel.
En 2024, Gran Canaria fue una de las islas del Archipiélago que recibió una parte significativa del récord histórico de 46 843 llegadas irregulares a Canarias, cifra que representa el 17,4 % más que en 2023.
Si bien los datos oficiales no desglosan exhaustivamente por Isla, se sabe que la mayoría de las 692 embarcaciones que arribaron al Archipiélago desaguaron finalmente en puertos como Arrecife (Lanzarote) y Arguineguín (Gran Canaria), siendo esta última zona especialmente impactada en los últimos meses del año. Del balance general, se extrae que Gran Canaria —junto con Tenerife y Lanzarote— fue epicentro de una ruta considerada una de las más mortíferas del mundo, con un total de 63 970 llegadas irregulares a España por mar y tierra en 2024, de las cuales el 73 % desembarcaron en Canarias.


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