
Sardina del Norte: cuando el miedo disparó primero en Gran Canaria
JOSÉ LUIS JIMÉNEZY fue entonces, cuando el salario dejó de llegar, cuando la mesa se vació y la dignidad empezó a doler más que el hambre, que los trabajadores de SATRA decidieron no esperar más, no mendigar lo que les correspondía por derecho, sino organizarse, como se organizan los que saben que la justicia no se concede, se conquista. Crearon una comisión obrera, acudieron a instancias oficiales, recibieron silencio por respuesta, y como el silencio no alimenta, comenzaron a recaudar entre ellos, entre sus familias, entre los que aún creían que la solidaridad era más fuerte que la miseria.
El 15 de septiembre de 1968, más de cien personas —obreros, mujeres, niños, ancianos que no tenían más armas que su presencia— se reunieron en la Cala de Martorell, en Gáldar -Gran Canaria-, no para conspirar, sino para celebrar, para decidir juntos cómo continuar las movilizaciones, cómo seguir siendo humanos en un tiempo que los quería sumisos. El Partido Comunista y las Comisiones Obreras estaban allí, no como líderes, sino como compañeros. Pero alguien, como siempre ocurre en las historias donde el poder teme al pueblo, dio el chivatazo, y la Guardia Civil llegó preguntando por los cabecillas, como si la dignidad tuviera jerarquía.

Y nadie habló. Nadie delató. Nadie señaló. Porque en ese momento, todos eran cabecillas, todos eran responsables, todos eran uno. Cogidos del brazo, caminaron hacia la playa de Sardina, como quien camina hacia la historia sin saberlo. Allí les esperaban más guardias, más armas, más miedo. El Comandante, que no sabía que la autoridad no se impone con balas, disparó. Dos heridos graves. Cincuenta detenidos. Y el silencio se convirtió en grito.

Las mujeres, que no estaban en las listas ni en los informes, que no tenían cargos ni siglas, hicieron lo que la historia tantas veces ha olvidado contar: se encerraron en la Catedral de Las Palmas, no para rezar, sino para resistir, para convertir el templo en trinchera, para decir que no, que no se puede encarcelar la esperanza.
El 18 de octubre, el Consejo de Guerra juzgó a 25 encausados por "rebelión militar" e "insultos a las fuerzas armadas", como si pedir pan fuera un acto bélico, como si exigir justicia fuera una ofensa. Las penas fueron duras, entre un año y once de prisión, y el Capitán General de Canarias, José Héctor Vázquez, confirmó la sentencia, como quien firma no un documento, sino una herida.
El 20 de noviembre, los condenados fueron conducidos al Puerto de La Luz para ser embarcados hacia la Península, no como criminales, sino como símbolos. El despliegue policial intentó impedir los abrazos, los adioses, los ojos que lloran sin bajar la mirada. Pero los familiares, los amigos, los vecinos, todos fueron, todos estuvieron, todos dijeron que no se despide a quien no se olvida. Y la noticia voló, como vuelan las verdades que no caben en los periódicos, y llegó a Europa, y allí también hubo protestas, y allí también hubo solidaridad, porque la injusticia, cuando se cuenta bien, no conoce fronteras.
Así fue Sardina del Norte. No fue una revuelta. Fue una lección. No fue una derrota. Fue una semilla. Y si hoy alguien pregunta por el origen de las Comisiones Obreras en Canarias, que no busque en los archivos, que escuche el eco de aquella playa, de aquella catedral, de aquel muelle donde la historia se escribió con pasos, con brazos, con voces que no se dejaron silenciar.


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